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    Libro Complementario 02 - Cristo y la ley de Moises

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    alexm240

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    Normal Libro Complementario 02 - Cristo y la ley de Moises

    Mensaje por alexm240 el Jue 10 Abr - 1:33

    Capítulo 2 | Cristo y la ley de Moisés | Libro Complementario


    Cristo y la ley de Moisés

    Uno de los bajorrelieves del muro interior del Arco de Tito en Roma, representa un grupo de soldados coronados de laureles llevando en triunfo varios objetos del templo como trofeos de la conquista de Jerusalén, el año 70 de nuestra era. Tras saquear la ciudad, arrasarla e incendiar el templo, los romanos creen haber terminado definitivamente con la esencia del judaismo. «Judea ha sido eliminada» (Judaea deleta) esculpieron sobre la piedra, lino de los legionarios representados transporta sobre el hombro una caja alargada conteniendo sin duda un sefer tora, un ejemplar de la ley de Moisés, un rollo con el texto completo del Pentateuco. El que la ley aparezca representada como trofeo máximo, junto al candelabro de siete brazos, habla del prestigio y de la veneración excepcional que disfrutaba la ley de Moisés en el entorno de la Palestina del siglo primero. Una veneración que, a pesar de los avatares de la historia, nunca dejó de marcar el estilo de vida del pueblo de Israel desde sus orígenes hasta nuestros días.

    En tiempos de Jesús, la ley de Moisés era la referencia suprema para cualquier judío religioso. En toda sinagoga, considerada después del templo como un lugar santo, el sefer tora, o libro de la Ley, depositado en un arca sagrada tras un velo de preciosos tejidos, ocupa el lugar equivalente al del lugar santísimo, hacia el que se dirige el fiel en oración, y hacia donde convergen todos las plegarias. Aunque la liturgia autoriza a los fieles a permanecer sentados para orar, cuando se descubre el libro de la Ley toda la congregación se pone de pie, y simbólicamente es transportada al día memorable cuando la asamblea de Israel se reunió por primera vez ante el Sinaí para recibir la Palabra de Dios por mediación de Moisés. Esta devoción, que llega en algunos casos a parecer ingenua e incluso excesiva, lleva en los medios más conservadores al extremo de prescribir que cada ejemplar del sefer tora debe ser copiado a mano, sobre pergamino y en una conformidad perfecta —no solo con respecto al texto sino a la disposición y la forma de letras y signos— con el modelo tipo, que la tradición identifica con el que Moisés escribió por orden de Dios en el desierto. La devoción a la ley de Moisés inspira la vida de los judíos piadosos desde el éxodo hasta nuestros días.

    Los Evangelios dejan bien claro que, desde su infancia, Jesús observó cuidadosamente las leyes de Moisés (Luc. 2: 22-29). Se viste en armonía con los preceptos reglamentarios (Mat. 9: 20; 14: 36), asiste fielmente a los servicios de la sinagoga cada sábado (Luc. 4 :1 6 ) y cita dichas leyes como expresión de la voluntad divina, tanto para sí mismo como para los demás: «Si quieres entrar en la vida —es decir, si quieres empezar a vivir como Dios manda— guarda los mandamientos», le dijo al joven rico (Mat. 19:17).

    A pesar de los argumentos de ciertos sectores del cristianismo, Jesús respetó profundamente la ley de Moisés. Los Evangelios no presentan el menor indicio de que Cristo haya minimizado las transgresiones de la ley. Incluso cuando perdona a pecadores, Jesús reconoce los errores cometidos por estos y, por consiguiente, el valor de la ley como criterio de conducta (Luc. 15; Mat. 2:17). Si bien ofrece generosamente su perdón, incluso a los acusados de las faltas más graves, siempre los invita a volver al respeto de la ley. Tras decirle a la mujer adúltera «yo no te condeno», añade a renglón seguido «vete y no peques más» (Juan 8:11). Por tanto, para Jesús el adulterio seguía siendo pecado.

    Para Jesús la ley de Moisés tiene vigencia permanente. Su avanzado concepto de la ética la distingue de todas las demás leyes. Nuestras reivindicaciones en defensa de los derechos humanos no son nuevas, algunas figuran ya allí. La norma suprema del «amarás a tu prójimo como a ti mismo» no es una innovación de Jesús, sino que él la cita a partir de dicha ley (Lev. 19:18).

    Si tomamos en cuenta el conjunto de sus declaraciones vemos que para Jesús la ley de Moisés es a la vez un legado valioso que importa conservar y una realidad incomprendida que necesitaba ser revisada. El que una ley tan sagrada como esa resulte en la práctica fácil de tergiversar aun en sus mejores intenciones, constituye una realidad difícilmente refutable en la historia de Israel, como lo sería en la de cualquier otro pueblo.

    El ser humano caído, incapaz de responder con sus propias fuerzas a la voluntad de Dios, frente a la ley se halla en una situación contradictoria. Las propuestas divinas, destinadas originalmente a hacemos felices y a damos vida, en lugar de continuar la obra liberadora deseada por el divino legislador, cuando se quieren imponer colectivamente a una sociedad derivan imperceptiblemente hacia un sistema legal coercitivo, cada vez más independiente de la vida espiritual de sus beneficiarios. La ley liberadora se puede convertir en legislación opresora, y el respeto que le era debido por fidelidad a la alianza, acaba por degenerar en legalismo.

    Pero ¿cuándo, cómo y por qué se genera esta desviación en el caso de la ley de Moisés? Aquí los teólogos no se ponen de acuerdo, ya que las razones parecen ser varias y muy diversas. Para unos, ese deslizamiento fatal se produce ya durante el Éxodo: a un pueblo de esclavos le resulta muy difícil ejercer libremente la solemne responsabilidad moral que una ley tan elevada exige. Para otros, la deriva comienza de manera visible en la época de la restauración de Esdras y Nehemías, fomentada por las estrictas interpretaciones de los fariseos. Un hecho seguro es que el Nuevo Testamento confirma esta desviación, demarcándose abiertamente de dichas derivas. Primero Jesús, y después Pablo, reaccionan contra esta evolución, fustigando la observancia legalista y meritoria de la ley, e intentando devolverle sus funciones protectoras en la vida espiritual del creyente.

    Una gran parte de la ley de Moisés se refiere a la liturgia, es decir, tiene que ver con leyes ceremoniales. Nuestra distinción entre leyes ceremoniales y ley moral es legítima, pero no es fácil de establecer en el código mosaico.

    Los textos no hacen apenas ninguna separación entre lo religioso y lo civil, ni entre lo ritual y lo ético. La piedad (el respeto a Dios) y la justicia (el respeto al prójimo) suelen ir juntas. De la prohibición de jurar en falso a la obligación de dejar para los pobres las espigas caídas en la siega (Lev. 19: 9, 10), cada precepto hace, a su manera, referencia a Dios y al prójimo. Resulta a veces tan difícil separar lo «moral» de lo «ceremonial», ya que los textos del Pentateuco parecen ignorar esta diferencia. Las prescripciones relativas al ritual religioso ocupan un lugar muy peculiar en la legislación, puesto que muchas están previstas, principalmente, para expiar las transgresiones de las demás leyes. En efecto, la esencia del culto gravita en tomo a la reconciliación con Dios, exaltando la paz del perdón y el gozo de la armonía. Pero poco a poco hasta las más bellas enseñanzas espirituales corren el riesgo de perder de vista el espíritu inicial que las inspiraba.

    La circuncisión

    De acuerdo a la ley de Moisés, de todos los ritos, el primero al que se somete al niño recién nacido es la circuncisión. Jesús también pasó por él (Luc. 2: 21), y fue presentado al templo de acuerdo a las normas, como los demás primogénitos (Luc. 2: 22-38). La práctica de la circuncisión recogida en la ley mosaica (Lev. 12: 3; Deut. 30: 6) se remonta a los tiempos de Abraham (Gén. 17: 11; Éxo. 4: 25), y se aplica a todo varón al octavo día de su nacimiento1 como signo de su incorporación al pueblo de Dios. El significado más inmediato de este rito de alianza (brit milá) es señalar la pertenencia.

    Los textos no invocan, para justificar este rito, ni siquiera indirectamente 2 razones de higiene (como medida de profilaxis) o morales (como la de atenuar la sensualidad),3 aunque hoy parezcan relevantes.

    La idea de una marca grabada en la carne como signo de alianza o pertenencia a una divinidad, a un pueblo o a un dueño (en el caso de los esclavos) era frecuente en la antigüedad. La ley de Moisés, que prohíbe explícitamente las marcas corporales (Lev. 19:28; Deut. 14:1), acepta como única excepción la circuncisión, signo de pertenencia a Dios. La importancia del rito es tal que con el tiempo llegó a considerarse como una condición para la salvación. En tiempos de los apóstoles algunos de los que venían de Judea enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos» (Hech. 15:1). Sin embargo, en la iglesia cristiana, el bautismo ocupa el lugar de a la circuncisión como marca de pertenencia al cuerpo de Cristo y al pueblo de Dios (Col. 2:11,12). Sea cual sea la razón última de esta práctica, 4 el rito cruento evoca y anticipa, desde los tiempos de Moisés, la circuncisión del corazón («circuncidad vuestro corazón y no endurezcáis vuestra cerviz » [Deut. 10: 16-19]), acto de renuncia a uno mismo, y entrega espiritual a Dios, objetivo supremo de toda vivencia espiritual.

    El ritual del templo

    La mayor parte de las disposiciones de la ley de Moisés se refieren a la construcción y al funcionamiento del santuario. La detallada extensión de estas instrucciones (Éxo. 25: 1-40: 38) habla por sí misma de la importancia concedida al ceremonial —a la vez simple y minucioso— con el que iba a latir, durante siglos, el pulso espiritual del pueblo de Israel.

    El santuario es el lugar que concretiza la presencia divina en medio de la comunidad de los creyentes. Dios había ordenado: «Hacedme un santuario y moraré entre vosotros» (Éxo. 25: 8 ) Moisés construye este primer lugar de culto según el modelo que le fue mostrado en el monte Sinaí (Éxo. 25: 40), precisamente como la representación visible de una revelación divina. El tabernáculo del desierto —prototipo del futuro templo de Jerusalén y antitipo del santuario celestial— será el principal centro de la liturgia israelita.

    Pocas ceremonias tienen lugar fuera de la vista de la congregación, y ninguna es iniciática o secreta. Además de los sacerdotes, participan en ellas hombres, mujeres y niños, y se celebran a la luz del día.

    El culto bíblico prescinde de toda representación de Dios (Éxo. 20: 4). En el tabernáculo no hay ninguna imagen. Dios es «espíritu» (ver Juan 4:20-24) declara Jesús, y por consiguiente nada puede representarlo sin riesgo de suplantarlo o de deformar su imagen. El culto al Dios invisible es el reconocimiento de un Ser supremo que transciende por definición los límites de lo explicable. No obstante, al creyente se le concede el inefable privilegio de poder entrar en contacto con Dios. Desde el principio se le pide una adoración por fe, en un cierto «vado figurativo» impuesto a la imaginación, para evitarle caer en la adoración de dioses menores a imagen y semejanza de lo humano. La presencia divina se evoca únicamente mediante símbolos y signos. Ya en la teofanía del Sinaí, Dios se acerca a la montaña, pero el pueblo solo percibe un terremoto y un resplandor de fuego en medio de una nube de humo (Éxo. 19:18; 24: 17). El recuerdo de la invisibilidad de Dios debe permanecer constante: «Ustedes oyeron sus palabras, pero, aparte de oír su voz, no vieron ninguna figura» (Deut. 4: 12, DHH). La nube que acompaña a Israel durante la travesía del desierto y permanece sobre el tabernáculo será, durante todo el éxodo, el único signo visible de la presencia del Invisible entre su pueblo (Éxo. 40: 34; Núm. 9: 15; Éxo. 13:21; 14: 20).

    En un contexto tan idólatra como el del mundo mediterráneo antiguo, la invisibilidad de Dios representará una difícil prueba para la fe de los israelitas.

    El episodio del becerro de oro deja bien patente su reticencia a abandonar la idolatría del paganismo (Éxo. 32:1-6). El culto espiritual requerido por la ley de Moisés, único entre los pueblos de la antigüedad, tendrá repercusiones significativas en el destino de Israel. Entre otras, le llevará a limitar el arte figurativo sagrado a la decoración del santuario y a la confección de los ornamentos litúrgicos.5 Los artistas religiosos tendrán que expresar su inspiración por los caminos menos materiales, más etéreos, de la música y la literatura.6

    La sobriedad de los elementos del culto es impresionante e incluso sobrecogedora comparada con la de los demás pueblos de la época. Después de una ajetreada historia, el arca de la Alianza (Éxo. 37: 1-9), que hacía las veces de trono del Invisible, desaparecerá misteriosamente7 dejando lugar a un espacio absolutamente vacío. Esta presencia espiritual, evocada por la ausencia material, advierte que a Dios se le puede servir pero es imposible servirse de él. Los textos prohíben incluso la utilización de su nombre para no profanarlo (Éxo. 20: 7). En esa dirección hay que entender la prohibición de imágenes, tatuajes mágicos (Lev. 19: 28), estelas votivas (Deut. 16: 22), troncos fálicos (Deut. 18: 10-12; Lev. 19: 26-31), etc. La conciencia de la transcendencia soberana de Dios conlleva a su vez la exclusión de la hechicería, la adivinación o la nigromancia (Deut 18:10-12; Lev 19: 26-31, etc.), porque supone la invocación de otros poderes, al margen de Dios.

    La presencia divina, evocada primero en d tabernáculo del desierto, y después en el lugar santísimo del templo, solo se hace realidad en el santuario interior del alma. De ahí que la adoración tienda a expresarse en la intimidad del ser, más mediante los sentimientos, la reverencia y la alabanza, que por medio de una liturgia: Nuestro Dios es uno, lo amarás con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (ver Deut. 6: 4). Al respecto las normas relativas al culto desbordan los límites de lo jurídico, porque la espiritualidad, como el amor, no se puede legislar. Ambas realidades son libres y espontáneas, o dejan de ser. Por eso, el amor a Dios es menos un contenido de la ley que un requisito previo, indispensable para la adoración verdadera.8 Este amor indisociable del «temor» a Dios, del que la Biblia habla tanto es, sobre todo, respeto y reverencia. Los textos asocian temor y amor, sentimientos a veces opuestos en nuestras experiencias humanas como seres pecadores, porque en realidad no puede haber amor verdadero sin verdadero respeto: «¿Qué te pide el Señor tu Dios? Simplemente que le temas y andes en todos sus caminos, que lo ames y le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma, y que cumplas los mandamientos y los preceptos que hoy te manda cumplir, para que te vaya bien» (Deut. 10:12-13, NVI).

    Es interesante observar que la ley de Moisés no impone textos de plegarias.

    La única oración prescrita es la de acción de buen post después del disfrute de los frutos de la tierra (Deut. 8:10), quizá porque frente a sus cosechas, el hombre esta fácilmente tentado a creer haber conseguido su sustento buen post a su esfuerzo, a sus propias obras, y necesita tomar conciencia de su dependencia respecto a la tierra, a la lluvia, al sol, a las semillas, a tantos otros seres y, por encima de todos ellos, de su dependencia de un Ser supremo, origen y sustentador de la vida misma.

    La ley recuerda que la oración debe acompañar naturalmente cada ofrenda y cada sacrificio, tanto el cotidiano o continuo —mañana y tarde— como el sabático (Éxo. 29: 38-42; Núm. 28: 3-8 . De todo aquel ritual la oración será lo único que quede cuando el templo desaparezca (Dan. 3:37-40; Mal. 1: 6-14), sustituyendo a los sacrificios durante el exilio, y definitivamente a partir del año 70 de nuestra era.9 Todo parece preparar el culto «en espíritu y en verdad» del que empezó a hablar Jesús en su encuentro con la samaritana (Juan 4:24).

    Las fiestas

    La ley de Moisés recoge un calendario anual marcado, al ritmo de las estaciones, por la conmemoración de los grandes acontecimientos históricos.

    Así, la Pascua, a pesar de ocurrir en plena primavera, no retiene más que el recuerdo de la liberación de Egipto. Y la fiesta de las cabañas (Lev. 23: 39), aunque conlleva la entrega de los diezmos al final de las cosechas (Deut. 14:22; 26:12), celebra, primero que nada, el recuerdo del éxodo. Solo la fiesta de las semanas o de las primicias de la mies (llamada después Pentecostés) conserva un rito de acción de graciaspor los frutos de la tierra (Lev. 23: 17; Deut. 16: 9), pero ese rito pasa también a segundo plano ante la importancia del tema de la alianza y de la recepción de la ley. La celebración cíclica de las festividades religiosas, según un cómputo a la vez solar y lunar, pero en realidad independiente de las estaciones, se aleja de la noción pagana del eterno retomo, asociada generalmente al culto de la naturaleza.

    Esta vinculación de las fiestas a la intervención divina en la historia de la humanidad mantiene viva la idea de que la alianza se arraiga en un acontecimiento histórico concreto y evita que esta noción se pierda en la atemporalidad del mito.10 Así, año tras año, fiesta tras fiesta, cada israelita revive personalmente su propia liberación: «Cuando mañana te pregunte tu hijo diciendo: ¿qué significan los testimonios, y estatutos y decretos que Jehová nuestro Dios nos mandó? Entonces dirás a tu hijo: Nosotros éramos siervos del faraón de Egipto y Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte [...] para damos vida, como hoy» (Deut. 6: 20-25). «Ni mi padre ni yo ni mis hijos seriamos libres: seguiríamos siempre todavía esclavos. Ahora somos libres de una libertad eterna», dice aún el ritual judío de la Pascua.11 Actitud paradójica y eficaz como ninguna, que convierte en accidental toda opresión y en provisional toda miseria, anticipando la liberación definitiva escatológica, cuando la dignidad humana será por fin restaurada en toda su plenitud.

    Si la palabra para fiesta (hag) significa originalmente «coro y danza», se deduce que el gozo era la primera característica de las fiestas bíblicas, asociado al descanso laboral y a la visita al santuario (Éxo. 20:10; Lev. 32:3,31, etc.). La ley de Moisés ordenaba que todo varón se presentase ante Dios en tres ocasiones, concretamente por las fiestas de Pascua, Pentecostés y las Cabañas (Éxo. 22:14-17; 34:23; Deut. 16:16, etc.). Quizá sea esa la razón por la que Jesús acompaña a sus padres al templo de Jerusalén en ocasión de la Pascua, en tomo a sus doce años, es decir, a partir de su mayoría de edad religiosa (ver Luc. 2:41,42).

    Un elemento distintivo de este calendario litúrgico es la importancia que atribuye al número siete. Además del sábado cada siete días, los años sabáticos cada siete años, y los años jubilares tras cada período de cuarenta y nueve años, las fiestas señaladas en la Tora son también siete, a saber:

    La Pascua, conmemoración de la liberación de la esclavitud (Éxo. 12: 21, 41-42; Núm. 28 :1 6 ).
    La fiesta de los panes sin levadura, (o de los ázimos), en recuerdo de la salida de Egipto (Éxo. 12: 18; Lev. 23: 6-8; Deut. 16: 1-8 .
    La fiesta de la gavilla mecida, primicias de la cosecha (Lev. 23: 9-14).
    La fiesta de las semanas, o Pentecostés, renovación de la alianza (Lev. 23: 15-22; Núm. 28: 26-31; Deut. 16: 9-12; cf. Hech. 2: lss.).
    La fiesta de las trompetas, preparación espiritual para el «juicio divino» (Lev. 23: 23-25; Núm. 29: 1-6).
    El día de la Expiación (yom kippur) o del «Gran Perdón», con la purificación colectiva de los pecados (Lev. 16; 23: 26-32; Núm. 29: 7-11; cf. Heb. 9: 1-12; 10: 1-22).
    La fiesta de los tabernáculos (o de las cabañas), que requería el habitar en tiendas, en recuerdo de la peregrinación por el desierto (Lev. 23: 33-43; Núm. 29: 12-38; Deut. 16: 13-17; Neh. 8: 14-17).
    Si a esto añadimos que la luna nueva del mes séptimo (tisri) se celebraba de un modo especial (Lev. 23: 24-25; Núm. 29: 1-6; cf. Neh. 8:2-9), que Pentecostés se celebraba siete semanas después de la Pascua, que los días de los panes ázimos, y los de las cabañas eran siete, y que las fiestas más solemnes (expiaciones y cabañas) caían ambas en el séptimo mes, cabe deducir que tras ello había una intención. En el simbolismo bíblico el número siete evoca plenitud.12 A estas fiestas Israel añadirá a lo largo de su historia otras celebraciones, como Purim, en recuerdo de la liberación de los judíos en tiempos de la reina Ester (Ester 9: 16-32), y la fiesta de la Dedicación (janukka) conmemorando la purificación del templo de Jerusalén en tiempos de los Macabeos (1 Mac. 4: 36-59).

    El simbolismo de los ritos

    Los ritos prescritos en la ley de Moisés no constituyen un fin en sí mismos sino que son evocadores de un misterio, y expresión de un compromiso interior, de carácter espiritual. Los profetas condenan la liturgia puramente formal porque los seres humanos caemos fácilmente en la tentación de contentamos con el rito, olvidando que el esplendor del ceremonial no oculta a los ojos de Dios la desnuda realidad de los participantes (Isa. 1: 10-20). De modo paradójico, los sacrificios, a pesar de sus similitudes con algunos ritos paganos, servirán a los planes de la pedagogía divina, a la vez como aprendizaje de la gracia y como representación del plan de salvación, brindando al creyente un programa de crecimiento espiritual en armonía con el proyecto divino.

    Al caer Jerusalén, en el 605 a. C., se interrumpe el culto del templo y los sacrificios cesan durante setenta años. El pueblo de Israel se ve obligado a prescindir de la aparente mediación sacerdotal. Después del exilio el servicio del templo se restaura y los sacrificios se reanudan, pero estos han perdido mucho de su protagonismo en la vida espiritual de los creyentes. Es como si la búsqueda del ideal hacia el que tendían —la comunión con Dios— tuviese la misión de prepararlos, en cierta manera, para la venida del Mesías.13

    Cuando Jesús comienza su ministerio, la idea de una liturgia sin sacrificios se ha estado gestando ya en el culto de la sinagoga, el único en el que Jesús participó, ya que jamás se menciona que ofreciese ningún sacrificio, excepto el de su propia vida. Cada vez que el Nuevo Testamento habla de los sacrificios es para recordar que se trataba de prefiguraciones, realizadas definitivamente en el ministerio del Mesías y reemplazadas desde entonces por la adoración espiritual. Sus declaraciones son muy categóricas: el sacrificio de Cristo cumple y recapitula todos los sacrificios de la ley, obteniendo plenamente para el ser humano todo lo que aquellos anunciaban: la expiación del pecado y la salvación prometida.

    A partir de Cristo incumbe al ser humano, en respuesta a semejante don, ofrecerse a sí mismo a Dios, pero como un sacrificio vivo: «Por tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Éste es el verdadero culto que deben ofrecer. No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto» (Rom. 12: 1, 2; DHH. Cf. 15: 16; Fil. 2: 17; 4: 18; Heb. 13: 15; 1 Ped. 2: 5).

    La gran aportación de Jesús a la interpretación de la ley de Moisés es que la intención del acto es lo que más cuenta, y que el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Con ello Jesús abre un nuevo horizonte de relaciones no solo en la perspectiva del más allá sino también aquí y ahora. En la mayoría de religiones, la salvación pasa por el culto. Siempre hay un rito, un sacramento, un sacerdote que, mediante su poder, libera al hombre de sus faltas y le abre el acceso a las bendiciones divinas. La revolución que Jesús lleva a cabo —anunciada ya por los profetas— es la de mostrar que la vía de acceso a Dios no pasa necesariamente por una liturgia, sino por una persona, la del Mesías.

    Al argumento de la samaritana de que «Nuestros padres adoraron en este monte, pero vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar», Jesús responde: «Mujer, créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque también el Padre tales adoradores busca que lo adoren» (Juan 4:20-24). La vía que enseña Jesús, en continuidad con la antigua ley de Moisés y en ruptura con las tradiciones que la habían enmascarado, es a la vez camino de comunión personal y de servicio. No requiere intermediarios puesto que nos lleva directamente a Dios.15

    Desde sus primeras formulaciones, la ley de Moisés, tanto en sus aspectos morales como en los ceremoniales, ha contribuido de un modo único a fecundar el pensamiento humano y a sensibilizar las conciencias con sus reflexiones y propuestas. Hoy podríamos decir que a esta ley toda la humanidad le debe algo, por razones diversas, e incluso contradictorias: creyentes y agnósticos, legisladores y místicos, reformadores y revolucionarios, todos encontramos en ella inspiración y desafíos.16 La historia ha dado la razón a los que anunciaron que «la ley que nos ha sido confiada hablará a cada generación su propio lenguaje

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