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    Notas de EGW 02 - Cristo y la ley de Moises

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    alexm240

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    Normal Notas de EGW 02 - Cristo y la ley de Moises

    Mensaje por alexm240 el Jue 10 Abr - 1:22

    Notas de EGW - Cristo y la ley de Moisés

    Sábado 5 de abril

    El Señor no elimina su ley, que es el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra, para salvar a los pecadores. Dios es un Juez que mantiene su justicia. La transgresión de su ley, en el más mínimo punto, es pecado, y él no deja de lado su ley para perdonar al pecador. La excelencia moral y la justicia de la ley debe ser mantenida y vindicada ante el universo celestial. El precio que se pagó para mantenerla y a la vez poder perdonar al pecador, no fue nada menos que la muerte del Hijo de Dios.

    Cristo cargó con el pecado de la humanidad para que el pecador pudiera tener otra oportunidad. “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3:46).

    Cuando Cristo dio el Sermón del Monte, los fariseos estaban presentes vigilando cada palabra. El Señor leyó sus corazones; sabía que estaban preparados para resistir la luz. Su prejuicio contra él continuaba creciendo y pensaban en sus corazones que Jesús iba a destruir la ley. Pero mientras su ira se acumulaba dentro de ellos, sus oídos escucharon la respuesta a sus pensamientos: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.

    De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos” (S. Mateo 5:17-19) (Review and Herald, 15 de noviembre de 1898).

    Domingo 6 de abril: La circuncisión y la dedicación (S. Lucas 2:21-24)

    Como cuarenta días después del nacimiento de Jesús, José y María le llevaron a Jerusalén, para presentarle al Señor y ofrecer sacrificio. Ello estaba de acuerdo con la ley judaica, y como substituto del hombre, Jesús debía conformarse a la ley en todo detalle.

    Ya había sido sometido al rito de la circuncisión, en señal de su obediencia a la ley.

    Como ofrenda a favor de la madre, la ley exigía un cordero de un año como holocausto, y un pichón de paloma como ofrenda por el pecado. Pero la ley estatuía que si los padres eran demasiado pobres para traer un cordero, podía aceptarse un par de tórtolas o de pichones de palomas, uno para holocausto y el otro como ofrenda por el pecado.

    Las ofrendas presentadas al Señor debían ser sin mácula.

    Estas ofrendas representaban a Cristo, y por ello es evidente que Jesús mismo estaba exento de toda deformidad física. Era el “cordero sin mancha y sin contaminación”. Su organismo físico no era afeado por defecto alguno; su cuerpo era sano y fuerte. Y durante toda su vida vivió en conformidad con las leyes de la naturaleza. Tanto física como espiritualmente, era un ejemplo de lo que Dios quería que fuese toda la humanidad mediante la obediencia a sus leyes.

    La dedicación de los primogénitos se remontaba a los primeros tiempos. Dios había prometido el Primogénito del cielo para salvar al pecador. Este don debía ser reconocido en toda familia por la consagración del primer hijo. Había de ser dedicado al sacerdocio, como representante de Cristo entre los hombres (El Deseado de todas las gentes, p. 34).

    “¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué procuráis matarme?” (S. Juan 7:19). Esta acusación penetró en la conciencia culpable de los fariseos y gobernantes, pero solo aumentó su ira. Que este hombre humilde expusiera ante el pueblo la secreta iniquidad de sus vidas, era algo difícil de soportar. Sin embargo trataron de mantener sus propósitos sin revelarlos, evadiendo la pregunta de Jesús, y exclamando: “Demonio tienes; ¿quién procura matarte?” Con esta declaración insinuaban que todas las maravillosas obras que Jesús realizaba eran hechas mediante los malos espíritus, a la vez que trataban de desviar de la mente de la gente la acusación de Jesús de que trataban de quitarle la vida.

    Pero, “Jesús respondió y les dijo: Una obra hice, y todos os maravilláis. Por cierto, Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres); y en el día de reposo circuncidáis al hombre. Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre?” Jesús se refirió a la acción de sanar a un hombre en sábado, y mostró que estaba de acuerdo con la ley sabática. Era costumbre entre los judíos circuncidar en sábado; si eso era legal, cuánto más lo era el liberar a los afligidos. Jesús se defendió a sí mismo e interpretó el verdadero espíritu de la ley. Los gobernantes quedaron sin palabras, y muchos en la multitud se preguntaban: “¿No es éste a quien buscan para matarle? Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo?” Muchos que vivían en Jerusalén no ignoraban los planes del Sanedrín contra Jesús, y estaban encantados de escuchar sus enseñanzas y admirar su vida pura y digna, lo que los llevaba a aceptarlo como el Hijo de Dios (Redemption: or the First Advent of Christ With His Life and Ministry, p. 86, 87).

    Lunes 7 de abril: Las fiestas judías (S. Juan 5:1)

    “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (S. Juan 7: 37).

    Una vez al año, durante la fiesta de las cabañas, recordaban los hijos de Israel cuando sus padres moraron en tiendas en el desierto, mientras viajaban de Egipto a la tierra de Canaán. Los servicios del último día de la fiesta eran de una solemnidad peculiar; pero el mayor interés se centralizaba en la ceremonia que conmemoraba cuando surgió agua de la roca. Había gran regocijo cuando en un vaso de oro, las aguas de Siloé eran traídas al templo por los sacerdotes, y después de haber sido mezcladas con vino eran rociadas sobre el sacrificio en el altar… En osa ocasión, por encima de toda la confusión de la multitud y los sonidos de regocijo, se oyó una voz: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Quedó en suspenso la atención de todos. Externamente todo era gozo; pero los ojos de Jesús, contemplando la escena con la más tierna compasión, vieron el alma reseca y sedienta por el agua de vida…

    La benévola invitación: “Venga a mí y beba”, llega hasta nuestro tiempo a través de todos los siglos. Y podemos estar en una posición similar a la de los judíos de los días de Jesús; regocijándonos porque se nos ha abierto la fuente de la verdad, al paso que se nos permite refrescar nuestras almas sedientas con sus aguas vivas. Debemos beber…

    Así como los hijos de Israel celebraban la liberación que Dios efectuó para sus padres, y la forma milagrosa en que los preservó durante su viaje de Egipto a la tierra prometida, así el pueblo de Dios debiera en la actualidad recordar con gratitud las diversas formas en que él los ha sacado del mundo, de las tinieblas del error, a la preciosa luz de la verdad… Con gratitud, debiéramos considerar las sendas antiguas y refrigerar nuestra alma con el recuerdo de la bondad amante de nuestro generoso Benefactor (A fin de conocerle, p. 107).

    El Salvador había llegado a Betania solamente seis días antes de la Pascua, y de acuerdo con su costumbre había buscado descanso en la casa de Lázaro. Los muchos viajeros que iban hacia la ciudad difundieron las noticias de que él estaba en camino a Jerusalén y pasaría el sábado en Betania. Había gran entusiasmo entre la gente. Muchos se dirigieron a Betania, algunos llevados por la simpatía para con Jesús, y otros por la curiosidad de ver al que había sido resucitado…

    Los informes llevados de vuelta a Jerusalén por los que visitaron Betania aumentaban la excitación. El pueblo estaba ansioso de ver y oír a Jesús. Por todas partes se indagaba si Lázaro le acompañaría a Jerusalén, y si el profeta sería coronado rey en ocasión de la Pascua. Los sacerdotes y gobernantes veían que su influencia sobre el pueblo estaba debilitándose cada vez más, y su odio contra Jesús se volvía más acerbo. Difícilmente podían esperar la oportunidad de quitarlo para siempre de su camino. A medida que transcurría el tiempo, empezaron a temer que al fin no viniera a Jerusalén. Recordaban cuán a menudo había frustrado sus designios criminales, y temían que hubiese leído ahora sus propósitos contra él y permaneciera lejos. Mal podían ocultar su ansiedad, y preguntaban entre sí: “¿Qué os parece, que no vendrá a la fiesta?” (El Deseado de todas las gentes, p. 511, 512).

    Martes 8 de abril: Jesús en el templo

    Por primera vez, el niño Jesús miraba el templo. Veía a los sacerdotes de albos vestidos cumplir su solemne ministerio. Contemplaba la sangrante víctima sobre el altar del sacrificio. Juntamente con los adoradores, se inclinaba en oración mientras que la nube de incienso ascendía delante de Dios. Presenciaba los impresionantes ritos del servicio pascual. Día tras día, veía más claramente su significado. Todo acto parecía ligado con su propia vida. Se despertaban nuevos impulsos en él. Silencioso y absorto, parecía estar estudiando un gran problema. El misterio de su misión se estaba revelando al Salvador.

    Arrobado en la contemplación de estas escenas, no permaneció al lado de sus padres. Buscó la soledad. Cuando terminaron los servicios pascuales, se demoró en los atrios del templo; y cuando los adoradores salieron de Jerusalén, él fue dejado atrás…Era natural que los padres de Jesús le considerasen como su propio hijo. Él estaba diariamente con ellos; en muchos respectos su vida era igual a la de los otros niños, y les era difícil comprender que era el Hijo de Dios. Corrían el peligro de no apreciar la bendición que se les concedía con la presencia del Redentor del mundo. El pesar de verse separados de él, y el suave reproche que sus palabras implicaban, estaban destinados a hacerles ver el carácter sagrado de su cometido.

    En la respuesta que dio a su madre, Jesús demostró por primera vez que comprendía su relación con Dios. Antes de su nacimiento, el ángel había dicho a María: “Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará el Señor Dios el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre”. María había ponderado estas palabras en su corazón; sin embargo, aunque creía que su hijo había de ser el Mesías de Israel, no comprendía su misión. En esta ocasión, no entendió sus palabras; pero sabía que había negado que fuera hijo de José y se había declarado Hijo de Dios.

    Jesús no ignoraba su relación con sus padres terrenales.

    Desde Jerusalén volvió a casa con ellos, y les ayudó en su vida de trabajo. Ocultó en su corazón el misterio de su misión, esperando sumiso el momento señalado en que debía emprender su labor. Durante dieciocho años después de haber aseverado ser Hijo de Dios, reconoció el vínculo que le unía a la familia de Nazaret, y cumplió los deberes de hijo, hermano, amigo y ciudadano.

    Al revelársele a Jesús su misión en el templo, rehuyó el contacto de la multitud. Deseaba volver tranquilamente de Jerusalén, con aquellos que conocían el secreto de su vida.

    Mediante el servicio pascual, Dios estaba tratando de apartar a sus hijos de sus congojas mundanales, y recordarles la obra admirable que él realizara al librarlos de Egipto. Él deseaba que viesen en esta obra una promesa de la liberación del pecado. Así como la sangre del cordero inmolado protegió los hogares de Israel, la sangre de Cristo había de salvar sus almas; pero podían ser salvos por Cristo únicamente en la medida en que por la fe se apropiaban la vida de él. No había virtud en el servicio simbólico, sino en la medida en que dirigía a los adoradores hacia Cristo como su Salvador personal. Dios deseaba que fuesen inducidos a estudiar y meditar con oración acerca de la misión de Cristo.

    Pero, con demasiada frecuencia, cuando las muchedumbres abandonaban a Jerusalén, la excitación del viaje y el trato social absorbían su atención, y se olvidaban del servicio que habían presenciado. El Salvador no sentía atracción por esas compañías (El Deseado de todas las gentes, p. 57-62).



    Miércoles 9 de abril: Impuestos (S. Mateo 17:24-27)

    Aunque Jesús demostró claramente que no se hallaba bajo la obligación de pagar tributo, no entró en controversia alguna con los judíos acerca del asunto; porque ellos hubieran interpretado mal sus palabras, y las habrían vuelto contra él. Antes que ofenderlos reteniendo el tributo, hizo aquello que no se le podía exigir con justicia. Esta lección iba a ser de gran valor para sus discípulos.

    Pronto se iban a realizar notables cambios en su relación con el servicio del templo, y Cristo les enseñó a no colocarse innecesariamente en antagonismo con el orden establecido. Hasta donde fuese posible, debían evitar el dar ocasión para que su fe fuese mal interpretada. Aunque los cristianos no han de sacrificar un solo principio de la verdad, deben evitar la controversia siempre que sea posible (El Deseado de todas las gentes, p. 401).

    El diezmo es sagrado y ha sido reservado por Dios para sí mismo. Hay que traerlo a su tesorería para que se use en el sostén de los obreros evangélicos. Se ha robado al Señor durante mucho tiempo, porque hay quienes no comprenden que el diezmo es la porción que Dios se ha reservado.

    Algunos no han estado satisfechos y han dicho: “No seguiré pagando el diezmo, porque no tengo confianza en la forma como se administran las cosas en el corazón de la obra”. ¿Pero robaréis a Dios porque pensáis que la dirección de la obra no es adecuada? Presentad vuestras quejas claramente y con franqueza, con el espíritu debido y a las personas responsables. Pedid que se hagan los ajustes necesarios; pero no retengáis lo que le corresponde a la obra de Dios, y no seáis infieles, porque otras personas no están obrando correctamente.

    Leed con atención el tercer capítulo de Malaquías y ved lo que Dios dice acerca del diezmo. Si nuestras iglesias se afirman en la palabra de Dios y devuelven fielmente el diezmo a su tesorería, más obreros se sentirán animados a dedicarse a las labores ministeriales. Más hombres se ocuparían en la obra ministerial si no se les dijera que no hay fondos en la tesorería. Debiera haber abundante provisión en la tesorería del Señor, y la habría si los corazones y manos egoístas no hubieran retenido los diezmos o si no los hubieran utilizado para financiar otros trabajos que ellos favorecían.

    Los recursos que se han reservado para Dios no deben utilizarse en forma descuidada. El diezmo le pertenece a Dios, y los que se entremeten con él serán castigados con la pérdida de su tesoro celestial, a menos que se arrepientan. Que la obra no siga limitándose debido a que el diezmo ha sido desviado hacia otras empresan que no son la que Dios ha establecido. Hay que hacer provisión para esos otros proyectos de la obra. Tienen que ser sostenidos, pero no con el dinero del diezmo. Dios no ha cambiado; el diezmo todavía debe utilizarse para el sostenimiento del ministerio. La iniciación de la obra en nuevos campos requiere mayor servicio ministerial del que ahora tenemos, por lo que debe haber recursos era la tesorería (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 200, 201).

    Jueves 10 de abril: Cumplir la ley (S. Mateo 5:17-20)

    Jesús miró la escena: la temblorosa víctima avergonzada, los dignatarios de rostro duro, sin rastros de compasión humana. Su espíritu de pureza inmaculada sentía repugnancia por este espectáculo. Sin dar señal de haber oído la pregunta, se agachó y, fijos los ojos en el suelo, se puso a escribir en el polvo.

    Impacientes ante la demora y la aparente indiferencia de Jesús, los delatores se acercaron, para imponer el asunto a su atención. Pero cuando sus ojos, siguiendo los de Jesús, cayeron sobre el pavimento a sus pies, callaron. Allí, trazados delante de ellos, estaban los secretos culpables de su propia vida.

    Enderezándose y fijando sus ojos en los ancianos maquinadores, Jesús dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la primera piedra” (S. Juan 8:7). Y volviéndose a inclinar, siguió escribiendo.

    No había puesto de lado la ley dada por Moisés, ni había usurpado la autoridad de Roma. Los acusadores habían sido derrotados. Rasgado su manto de falsa santidad, estaban, culpables y condenados, en presencia de la pureza infinita. Temblaban de miedo de que la iniquidad oculta de sus vidas fuese revelada a la muchedumbre; y uno tras otro, con la cabeza agachada y los ojos mirando al suelo, se fueron furtivamente, dejando a su víctima con el compasivo Salvador.

    Irguióse Jesús, y mirando a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Señor, ninguno. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno: vete, y no peques más” (vers. 10, 11) (El ministerio de curación, p. 57, 58).

    “Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (S. Mateo 5:20).

    En el tiempo de Cristo, el mayor engaño de la mente humana consistía en creer que un mero asentimiento a la verdad constituía la justicia. En toda experiencia humana, un conocimiento teórico de la verdad ha mostrado ser insuficiente para salvar el alma. No produce los frutos de justicia … Los fariseos se llamaban hijos de Abraham y se jactaban de poseer los oráculos de Dios; pero estas ventajas no los preservaban del egoísmo, la malicia, la codicia de ganancias y la más baja hipocresía…

    Aun subsiste el mismo peligro. Muchos dan por sentado que son cristianos simplemente porque aceptan ciertos dogmas teológicos. Pero no han hecho penetrar la verdad en la vida práctica.

    No la han creído ni amado; por lo tanto no han recibido el poder y la gracia que provienen de la santificación de la verdad.

    Los hombres pueden profesar creer en la verdad; pero esto no los hace sinceros, bondadosos, pacientes, tolerantes, ni les da aspiraciones celestiales; es una maldición para sus poseedores, y por la influencia de ellos es una maldición para el mundo.

    La justicia que Cristo enseñaba es la conformidad del corazón y de la vida a la voluntad revelada de Dios. Los hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos únicamente al tener fe en Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la verdadera piedad elevará pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces las formas externas de la religión armonizarán con la pureza interna del cristiano (La fe por la cual vivo, p. 110).

    Viernes 11 de abril: Para estudiar y meditar

    El Deseado de todas las gentes, p. 411-427

      Fecha y hora actual: Sáb 24 Jun - 19:10